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martes, 8 de agosto de 2017

LA NIÑA QUE NO FUE






– Lamento decirles que aquello que temíamos es cierto – dijo el Dr. Reus –. Todos los estudios indican lo mismo.

Sofía esperaba sentada en el pasillo. Las enfermeras que pasaban la miraban con ojos fríos. Ella no quería estar allí. Quería regresar a su casa, jugar con sus amigos, volver a su vida de siempre.

– Tiene diez años, ¿verdad? – dijo el Dr. Reus –. Asumo que aún es niña.

Del otro lado de la puerta, la pequeña Sofía no podía escuchar la conversación que tenían sus padres con el intimidante doctor, y la espera la ponía cada vez más nerviosa. Sus pies inquietos aún no llegaban al suelo, y los movía hacia atrás y hacia adelante.

– He estado esperando una paciente como ella para poner en práctica el nuevo tratamiento en el que estuve trabajando. Los comprimidos que le daré han hecho que mi anterior paciente dejara de ovular; pero claro, eso no será un problema para Sofía debido a su edad.

Ese mismo día la niña comenzó el tratamiento. Dos comprimidos diarios durante una semana, dos comprimidos que la prepararían para un procedimiento que tenía más posibilidades de matarla que de lograr un efecto similar al deseado.

Durante aquella semana a Sofía todo le daba náuseas, y por supuesto, todas sus fantasías se vieron apagadas junto con su producción de hormonas. Sin embargo, los rumores ya habían llegado a su colegio, y una compañera de curso la acusó de mirarla con demasiada atención en el baño luego de la clase de educación física.

En la siguiente visita al hospital, la niña estaba aún más aterrada:

– Me han dicho que sigues teniendo los mismos deseos impuros – dijo el Dr. Reus –. Eres una paciente difícil. No hay problema; yo me especializo en los casos difíciles.

Una enorme enfermera de ojos fríos la llevó hasta una silla metálica y la inmovilizó con correas de cuero. Al final, le puso un casco unido a una palanca mediante un sistema de cableado.

El doctor acomodó sus lentes y una sonrisa mostró unos dientes amarillos mientras acomodaba el proyector frente a la paciente.

– Te mostraré imágenes perversas y haré que las odies tanto como las odia cualquier persona sana. Tú no tienes la culpa, Sofía; es eso que tienes en tu interior lo que te hace desear lo indeseable. No es un demonio, como creen algunos. “Él” está alojado en tu sistema nervioso, y voy a eliminarlo.

El proyector se encendió y el Dr. Reus apagó las luces. Mujeres besándose, tocándose, mujeres vestidas como hombres y hasta algunas con vello facial; una tras otra, las imágenes en blanco y negro se reflejaban en las pupilas de Sofía.

Las manos de la niña se retorcían ante el dolor que le causaban los impulsos eléctricos sobre su cabeza y sobre su columna vertebral.

– No te preocupes – dijo el Dr. Reus –, no quiero matarte; solo quiero matar esa parte de ti que te hace daño.

El tiempo pasó y Sofía cambió, pero no fue el cambio que esperaban sus padres. Había dejado de jugar con muñecas, había dejado de peinarse y de mirarse al espejo, incluso su voz sonaba diferente.

En medio del desayuno su hermano mayor intentó disimular la risa, pero la manera en que la niña sostenía la cuchara parecía ser la de uno de esos cuestionados antepasados del hombre de los que se estaba comenzando a hablar.

– ¿De qué te ríes, imbécil? – dijo la niña mientras sujetaba del cuello a su hermano con una sola mano.

Los padres tuvieron que volver a llevarla a ver al Dr. Reus, él parecía ser el único que podría hacer algo al respecto:

– Lamento informarles que los comprimidos no están dando resultado – dijo el Dr. Reus.

Sofía esperaba sentada en el pasillo del hospital. Las enfermeras pasaban cerca de ella pero le esquivaban la mirada.

– Está actuando más como un niño que como una niña, ¿verdad? – dijo el Dr. Reus.

Del otro lado de la puerta, Sofía no podía escuchar la conversación que tenían sus padres con el doctor, pero ya no le importaba; ella ya no estaba nerviosa. Sus pies no se movían, y en aquellas semanas había crecido tanto que llegaban con firmeza al suelo.

– Voy a someterla a un tratamiento un poco más extremo que el anterior. Les prometo que no me daré por vencido con el problema de su hija. Les aseguro que esta vez me encargaré de “Él”.

Pronto Sofía volvió a estar atada con cinturones de cuero, pero esa vez fue sobre una camilla.

La enorme enfermera le colocó el suero y las venas del brazo de la niña se hincharon fuera de lo común.

Sofía comenzó a respirar con fuerza, y los músculos de sus brazos se pusieron tensos; no eran brazos de niña, no eran músculos humanos.

La enfermera se alejó de la paciente, pero no tuvo oportunidad cuando ésta se liberó sin esfuerzo de los cinturones que la sujetaban. Aquella que alguna vez había sido una dulce niña dejó inconsciente de un golpe a la enfermera.

Sofía se acercó al Dr. Reus, y éste no la reconoció. La había convertido en algo diferente. Su piel había perdido el tono sano y rosáceo, para volverse de un gris opaco. Tenía el cabello grasoso, escaso, y sus brazos y piernas mostraban la fuerza sobrehumana con la que lo enfrentaría.

No era la primera vez que las prácticas experimentales del Dr. Reus terminaban en fracaso, y Sofía se terminó sumado a la larga lista de pacientes fallecidos. La niña había muerto, mientras que “Él” continuaba vivo.








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viernes, 24 de marzo de 2017

MUCHACHA ENCHUFABLE




La saqué de la caja y puse a cargar la batería. Poco después abrió los ojos; unos ojos brillantes y amarillos.

Virgen. Pura. Solo para mí.

Condicioné su cuerpo de curvas metálicas. La recorrí con los dedos, temblando de deseo ante su cromo inalterable.

Llené su memoria con la música y libros que más me gustaban. Llené su memoria con mis secretos. Llené su memoria con mis mentiras.

Muchacha enchufable… Ella me dio todo cuando me cansé de dar. Ella me aceptó tal y como era cuando no acepté esta realidad.

Le enseñé a odiar a mis enemigos hasta que fuimos nosotros contra el mundo; hasta que no hubo mundo fuera de nosotros.

La convertí en mi prostituta y en mi princesa, hasta que comencé a sentir que todo era demasiado fácil. Éramos de naturalezas distintas, y yo necesitaba tener una relación más pareja.

Un día encontré la solución; la compañía que me la vendió había sacado una actualización que permitía una transformación completa, y enseguida encargué las nuevas piezas.

Saqué todo de la caja y puse a cargar la batería. Luego cerré los ojos y me conecté.

Muchacho enchufable… Volví a abrir los ojos; unos ojos brillantes y amarillos.







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martes, 14 de marzo de 2017

HUMANOID





No importa la edad, sino la experiencia.
No somos presencia, somos energía.
No buscamos hechos carnales, sino intelectuales.
No somos personas, somos usuarios, no somos nadie.


EPISODIO I
ÚLTIMAS PALABRAS


Escribiré mis últimas palabras antes de perder las pocas facultades mentales que me quedan. No sé para qué lo hago; fueron tantas las cosas que quise en mi vida y que no obtuve, que ahora ya no sé ni lo que quiero.

Podrá parecer que escribí esto de corrido, pero al hacerlo sufriré de múltiples lagunas en las que no recordaré lo que estaba diciendo. Cuando eso me sucede debo leer desde un principio para retomar la idea, y la labor me cuesta diez veces lo que a una persona sana.

Mi nombre es Leonard. He olvidado mi apellido, a mi familia y a mis amigos. En mi mente, o disco rígido (como diría el malvado Dr. Juntz), solo tengo guardadas imágenes con rostros borrosos, sin rasgos de ningún tipo, y veo a los videos pixelados y sin sonido.

Muchos agradecieron a este maldito invento, pero yo fui de los que siempre sospecharon que este dispositivo terminaría llevando a la destrucción de la raza humana como la conocemos. Hablé con otros que pensaban lo mismo y comenzamos a organizarnos. Sabíamos que se trataba de una guerra que no podíamos ganar, pero el hecho de poder pelear por algo significa de algún modo que no todo está perdido.

Ya no recuerdo en dónde nos reuníamos ni con qué frecuencia; es más, ni siquiera recuerdo cuántos miembros llegamos a ser, pero sé que logramos descubrir varias señales de conspiración; señales que también he olvidado.

Hubo una época en la que pensamos en extraernos el dispositivo. Lo intentamos con uno de nuestros compañeros, pero luego de la cirugía quedó cuadripléjico y falleció pocos días después.

Una vez fuimos a buscar al Dr Juntz; creo que nuestra intención era secuestrarlo. Sin embargo, cuando lo vimos salir de su edificio, no lo reconocimos; en un instante nos habíamos olvidado de su apariencia. Nos miramos sin saber qué hacer mientras él subía a su automóvil sonriendo. No sé cómo sucedió, pero mis compañeros y yo nos vimos afectados a la vez por la misma laguna mental.

De pocas cosas estoy seguro, y esta es una de ellas: sé que él nos descubrió, y sé que fue él quien nos instaló este virus progresivo que destruye nuestros pensamientos.


EPISODIO II
EL AMADO DOCTOR JUNTZ


– Cuando era niño le pregunté a mi madre qué era el amor – dijo el Dr. Juntz.

El famoso Dr. Julius Von Juntz estaba sentado en un sillón redondo ubicado en medio del plató. Hablaba en forma relajada, contrastando con la imagen frívola que todos tenían de él. El periodista a su derecha estaba anonadado, y miró al público en un intento por entender la situación. El científico se tomó unos segundos para limpiar sus lentes antes de continuar con el discurso:

– Ella me dio un beso en la mejilla y dijo: "El amor es un sentimiento muy profundo, Julius; es querer que el otro esté bien y nos hace capaces de cualquier cosa. Es un poco egoísta; es abrazar con fuerza a una persona con miedo a dejarla ir. Amor es lo que yo siento por ti".

Todos en el canal quedaron en silencio; todos, incluso quienes lo miraban desde sus casas, sintieron una repentina empatía por el erudito. De pronto su rostro esbozó una nostálgica sonrisa que puso una lágrima en los ojos de más de una madre emocionada.

– Discúlpeme, Dr Juntz – dijo el periodista –; es muy tierna la historia que nos acaba de contar, pero no logro entender a qué apunta. Le pregunté acerca de la invención del dispositivo CID.

El científico se acomodó en el sillón poniendo una pierna sobre la otra; satisfecho con el modo en que se iba desarrollando la entrevista.

– Lo que mi madre hizo no fue otra cosa que codificar la concepción que tenemos del amor. Fue una definición imprecisa, y hasta cometió el error de definirla utilizando la palabra "querer", que es casi un sinónimo; pero el punto es que el concepto es definible y respondió a mi pregunta.

La historia de la madre del Dr. Juntz era tan falsa como la manzana que golpeó a Isaac Newton en la cabeza, pero a veces las anécdotas simplifican la explicación de un descubrimiento científico, haciéndolo más fácil de entender para el común de la gente. Aquel hombre delgado, de traje impecable y cabellos aplastados contra la cabeza, debió inventarla para poder hablar de su dispositivo y hacerlo ver un poco más “humano”.

– El cerebro es como un disco rígido – continuó el Dr. Juntz –, pero está codificado en un modo diferente al de los ordenadores. El hombre es complejo, pero no es infinito. La superficie de nuestros cerebros es finita y, por lo tanto, todo lo que pensamos puede ser expresado con proposiciones de un número n de palabras. Eso es lo que hice; durante siete años codifiqué todos los sentimientos y pensamientos humanos de modo que una computadora los pueda entender. Luego diseñé la red sensorial interna que expresa a los impulsos neuronales en código binario y los envía al dispositivo CID ubicado en la apófisis mastoides.

En la audiencia, al igual que en las calles, una de cada diez personas ya tenía instalado el dispositivo CID. Se trataba de un pequeño aparato que se instalaba en el hueso temporal, detrás de la oreja. Tenía conexión satelital a internet, un puerto USB y una luz azul que titilaba cuando se estaba utilizando. Al principio, las personas que lo tenían se lo cubrían con el cabello, pero cuando su uso se hizo masivo comenzaron a mostrarlo con orgullo. En pocos años, la humanidad no habría podido imaginar la vida sin aquel dispositivo.


EPISODIO III
NO ES EXTRAÑO


– David Rogers, pasa al frente – dijo la profesora.

El muchacho se levantó con toda la parsimonia del mundo. Miró hacia atrás y les sonrió a sus compañeros como quien está a punto de obtener un diez sin esfuerzo.

– A ver, David…, ¿has leído El extraño?

David Rogers cerró los ojos un instante y la luz azul junto a su oreja comenzó a titilar:

– Es un relato de Howard Phillips Lovecraft, ¿verdad?

– Así es – dijo la profesroa –. Les pedí que lo leyeran la semana pasada.

David Rogers volvió a cerrar los ojos y la luz de su dispositivo titiló de nuevo.

– Listo. Ya lo leí.

Sus compañeros rieron ante su soberbia sonrisa.

– ¿Qué opinas del cuento?

– Fue escrito en 1921 y publicado en abril de 1926 en la revista Weird Tales.

– Te pedí tu opinión, David.

– Me gusta mucho la parte: “No puedo siquiera decir a qué se parecía, pues era un compuesto de todo lo que es impuro, indeseado, anormal y detestable. Era una fantasmagórica sombra de podredumbre, decrepitud y desolación; la viscosa imagen de lo dañino; la atroz desnudez de algo que la tierra misericordiosa debería ocultar por siempre jamás”.

– ¿Y por qué te gusta ese párrafo?

– Porque tiene muchos… muchas descripciones.

– ¿Cómo se les dice a esas palabras?

David Rogers volvió a cerrar los ojos y la luz de su dispositivo titiló de nuevo, pero la profesora lo interrumpió.

– Se llaman “adjetivos”, David. Además, dijiste esa frase de memoria. No…, en realidad ni siquiera la aprendiste de memoria; la dijiste gracias al dispositivo CID.

– Se equivoca, profesora; la dije gracias a mi sistema operativo Humanoid 9 que tiene instalado mi dispositivo CID; el último que salió a la venta. Los anteriores no permiten hacer eso con tanta velocidad. ¿Usted cuál tiene?

Sus compañeros volvieron a reír ante su soberbia sonrisa.

– Tengo el Humanoid 5. Estoy bien con este, no necesito otro por el momento. Estoy segura de que ni siquiera sabes utilizar todas las aplicaciones que tienes. Lee ahora la biografía de Lovecraft y lee de nuevo el cuento; presta atención al final esta vez.

David Rogers volvió a cerrar los ojos y la luz de su dispositivo titiló de nuevo.

– El párrafo dice: “Pues aunque el olvido me ha dado la calma, no por eso ignoro que soy un extranjero; un extraño a este siglo y a todos los que aún son hombres. Esto es lo que supe desde que extendí mis dedos hacia esa cosa abominable surgida en aquel gran marco dorado; desde que extendí mis dedos y toqué la fría e inexorable superficie del pulido espejo”. Respecto a Lovecraft, nació en los Estados Unidos, en Providence, el 20 de agosto de 1890, y falleció el 15 de marzo de 1937. Estudió en…

– No es lo que te pregunté, Rogers. Quería saber tu opinión respecto a ese cuento. Podrías haber hablado de que no forma parte de la mitología que Lovecraft inventó, y que se trata de una obra de la que muchos opinan es autobiográfica. Podrías haber dicho que se asemeja a las obras de Edgar Allan Poe, otro autor que hemos estudiado este año; pudiste haber hecho cualquier apreciación personal, pero no hiciste nada de eso.

Rogers reprobó la lección, pero no se preocupó. Volvió a su asiento a mirar videos en el interior de su mente, sonriendo como quien acaba de obtener un diez sin esfuerzo.

Meses después, terminó el ciclo lectivo y David Rogers egresó. Los demás docentes no eran tan exigentes como la profesora de literatura, e incluso ella no tenía mucho que objetarle a quien tenía instalados los programas más avanzados.


EPISODIO IV
EN MODO AVIÓN


– Deberías probarlo – dijo Erika –. Puedes ver todo lo que el otro ve, y oír todo lo que el otro oye.

Leonard no podía instalar el nuevo programa. Su sistema operativo era Humanoid 8, y el software requería del Humanoid 10 o superior.

– No tienes idea de lo que te pierdes – continuó Erika –. Ayer lo probamos con David; es impresionante.

“Otra vez lo está nombrando a ese imbécil”, pensó Leonard mientras su expresión evidenciaba sus celos.

– No le doy tanta importancia al dispositivo como tú y David – dijo Leonard –; solo lo uso cuando es necesario.

Leonard siempre ponía alguna excusa; decía que no tenía tiempo o que no estaba tan interesado en los nuevos programas, pero la verdad era que él no provenía de una familia adinerada como la de Erika y la de David Rogers, y su sueldo apenas le alcanzaba para pagar sus necesidades básicas.

Al igual que Leonard, mucha gente sufría las consecuencias de no actualizar su sistema operativo. Una versión más avanzada representaba montones de aplicaciones nuevas, un aumento en la velocidad de descarga y hasta la posibilidad de utilizar un mayor número de programas a la vez. Así, los que no podían adquirir la última versión del Humanoid quedaban expulsados del mundo moderno, como un robot obsoleto que se oxida en un callejón.

La diferencia generacional de su sistema operativo respecto al de Erika afectaba mucho en la relación. Su novia lo trataba como a un analfabeto, y poco a poco comenzó a alejarse de él. Llegó un punto en el que Leonard comenzó incluso a sospechar que ella lo estaba engañando.

Esa noche Erika iría a dormir a la casa de Leonard a tener un encuentro especial, o al menos así lo creía él. Leonard miró decenas de videos para aprender a preparar una deliciosa cena. Los veía de a tres al mismo tiempo; un sistema operativo superior le habría permitido ver un mayor número en forma simultánea, pero debió conformarse con lo que su Humanoid 8 le permitía hacer. Para acompañar el plato compró un buen vino tinto sin alcohol; la venta de bebidas alcohólicas estaba prohibida desde hacía décadas.

La mesa estaba puesta como la de un restaurant de lujo, pero Erika ni siquiera se percató de las velas y el mantel.

– Te ves muy linda – dijo Leonard en medio de la cena.

– Gracias. Ayer me aumenté el tamaño de busto.

– Sí, se nota.

Siguieron cenando en silencio durante unos minutos.

– Volviste a ser rubia.

– ¡Sí! Fue gracioso. La última vez que me viste lo tenía de color rosa, ¿verdad? Bueno, esta mañana me lo teñí de rubio, pero no me gustó, entonces me lo teñí de colorado, pero fue peor. Un rato después me lo volví a teñir de rubio, pero más claro, y esa vez sí me gustó.

Solo Leonard podía estar al tanto del color de cabello de Erika; ella era como la mayoría de las jóvenes, y se cambiaba el color y el peinado no menos de tres veces por semana.

Luego de cenar, él se acercó para besarla, pero Erika no pareció entusiasmarse ante su tacto. El joven no perdió las esperanzas e insistió como insiste la gente enamorada, y minutos más tarde fueron a la cama.

Ella se acostó boca arriba, esperando que todo terminase lo antes posible. Se quedó callada e inmóvil, como en modo avión. Leonard comenzaba a sentirse como un necrófilo cuando de repente ella lo sujetó de los hombros y se puso encima de él.

El muchacho no podía creer lo que estaba sucediendo, su novia tenía tanta pasión como las primeras veces que estuvieron juntos. Ella lo besaba, lo mordía, y se movía encima de él jadeando; era más de lo que él habría esperado.

El muchacho estaba hipnotizado por los nuevos senos de su amada y por el modo en que sus rizos dorados rebotaban sobre ellos. De pronto alzó la vista, y vio que los ojos de Erika estaban en blanco y que la luz azul de su dispositivo CID estaba titilando.

– ¿Qué estás haciendo? – preguntó Leonard – ¿Acaso estás hablando con alguien más?

Los ojos de Erika volvieron a mirarlo y su gesto lo dijo todo.


EPISODIO V
TODO ES CODIFICABLE


Al igual que Heráclito, Khayyam y Nietzsche, al igual que el ajedrez tiene al caballo, todo sistema tiene a alguien que no se resigna a aceptarlo. Unos años después de que el Dr. Julius Von Juntz inventó el dispositivo, surgió un artista cuyas esculturas no podían codificarse, obras que no estaban al alcance de las máquinas y que solo un humano podría entender. Ese artista era Kravchenko.

Las obras del gran Kravchenko deleitaban a sus seguidores y desarbolaban las mentes simples de sus detractores. Era arte en estado puro. Conceptualismo-romántico lo llamaban los primeros, y arte-basura los segundos. Sea como fuere, Kravchenko no dejaba indiferente a nadie; era un oasis de esperanza en un mundo gobernado por la regular obediencia.

El escultor de vanguardia dijo un día: “No todo es codificable, Dr. Juntz”. Luego habló de evocaciones de un aroma, de besos de reconciliación y de bromas entres amigos, y cuando anunció su siguiente exposición, desafió al científico a que pusiera sus nuevas obras en código binario.

Más de la mitad de la población mundial ya tenía instalado el dispositivo CID en la base del cráneo, pero Kravchenko se reusaba a instalárselo y decía que aquellos que lo tenían eran unos “patéticos transeúntes infrahumanos que vendieron su alma”. A pesar de su opinión, todos deseaban ver su trabajo.

La noche de la exposición en la Galería Nacional de Arte, el lugar se llenó de gente. Los visitantes contemplaron las obras del artista mientras intentaban explicar lo que sentían, pero no lograban expresarlo con palabras. Llamó la atención Héroes y marionetas, una escultura de un títere que escapa de unos hilos que lo sujetan para aferrarse a otros de una mano del mismo titiritero. Otra muy concurrida fue una enorme obra de una persona en una balsa de hueso, que navegaba por las venas de su amante en busca de su corazón.

– Nadie podría codificar mis obras – dijo Kravchenko en una conferencia –, son demasiado surrealistas, demasiado abstractas. Su lógica supera a aquella de los ordenadores, pues es la lógica de los sueños.

Kravchenko tenía razón, ni siquiera el Dr. Julius Von Juntz logró codificarlas. La gente comenzó a preguntarse entonces qué otras cosas no podían codificarse además de las obras de aquel artista. Pensaron que tal vez algunos sentimientos e ideas pudieron haber quedado fuera de sus mentes cuando éstas fueron codificadas por la red sensorial interna. La pregunta no duró mucho tiempo, pues el Dr. Juntz hizo que se prohibieran las exposiciones de Kravchenko culpándolo de corromper a la juventud. La justicia lo condenó entonces a pasar cinco años en prisión. Una vez detenido, el artista fue obligado a instalarse el dispositivo CID en su apófisis mastoides.

Así fue como todo, incluso el arte, volvió a ser codificable.


EPISODIO VI
TREINTA KILOGRAMOS


David Rogers estaba sentado en su sillón, tenía los ojos cerrados y su hogar estaba en absoluto silencio. No se había movido en más de veinticuatro horas; no necesitaba hacerlo, todos sus electrodomésticos eran comandados en forma inalámbrica.

En cuestión de segundos acomodaba la temperatura, la música y la luz ambiental. Incluso se alimentaba dando las órdenes desde el interior de su cerebro; ni siquiera necesitaba hablar.

Aquella noche estaba mirando diez programas a la vez, todo gracias a que tenía instalado el sistema operativo más moderno de su época: el Humanoid 16. Era un mundo de comodidad, un mundo al que muchos se habían acostumbrado; sobre todo David Rogers, quien a la temprana edad de treinta años padecía de una obesidad mórbida que no le permitía realizar ninguna tarea sin ayuda.

Alguien en su condición debía hacerse controlar con regularidad, y el médico le había dado la orden de colocarse un reloj monitor que midiera sus signos vitales de manera continua. Mientras el aparato atado a su abultado brazo derecho recolectaba los datos, le iba enviando correos electrónicos indicándole si su salud estaba mejorando o empeorando. Las notificaciones lo despertaban a veces, ya que se quedaba dormido con frecuencia; aunque David había alcanzado un estado en el que no había mucha diferencia entre el sueño y la vigilia.

“Su colesterol sigue siendo demasiado alto, señor Rogers”

David abrió los ojos. No le hizo caso a la información recibida y, con un pensamiento, dio la orden de inyectarse medio kilogramo de carne licuada directamente al estómago. Todo su cuerpo tembló cuando ingresó el alimento, y su grasa abdominal continuó vibrando durante varios segundos.

“Sus riñones continúan deteriorándose, señor Rogers”

David volvió a abrir los ojos. No le hizo caso a la nueva información y, con un nuevo pensamiento, dio la orden de inyectarse una crema batida de chocolate. La bebida enseguida pasó a formar parte de su torrente sanguíneo, y un chorro de saliva cayó de su labio mientras sus ojos se ponían en blanco a modo orgásmico.

“Esta semana ha bajado treinta kilogramos, señor Rogers. ¡Felicitaciones!”

Su rostro se transformó con aquella noticia, y una lágrima recorrió su inflada mejilla.

– “Bajado” – dijo con un suspiro –. No es la palabra adecuada.

Ya no pudo volver a dormir, y continuó cambiado de canal en cada uno de los múltiples programas que miraba a la vez en el interior de su cerebro.

De pronto recibió un nuevo correo con los resultados de sus signos vitales actualizados. Eran todas malas noticias a excepción de una. Al final del informe se leía otra vez la felicitación:

“La mayoría de los análisis han dado resultados negativos, pero el mayor cambio de esta semana ha sido el que haya perdido esos treinta kilogramos. Siga así y pronto alcanzará un peso saludable”

Otra lágrima recorrió su inflada mejilla.

– “Perdido” – dijo con un suspiro –. Esa es la palabra adecuada.

David se miró en el espejo que tenía enfrente, y su saturado corazón comenzó a latir con fuerza mientras respiraba con dificultad. De pronto recibió una nueva notificación:

“Su ritmo cardíaco está aumentando, señor Rogers. Si lo desea, un médico puede ir a su hogar en un tiempo estimado de tres minutos”

Los cambios en los signos vitales de Rogers se debieron a que había levantado el brazo izquierdo en un esfuerzo descomunal para sacarse el reloj monitor. Miró el artefacto y lo lanzó al suelo. Pronto recibió otro mensaje:

“Su ritmo cardíaco ha bajado a cero, señor Rogers. En cinco segundos un médico será enviado a su hogar. Si esto es un error, envíe un comunicado”

Apareció entonces un numero grande en el interior de su cerebro que tapó a los diez programas que estaba mirando a la vez:

“5”

“4”

“3”

“2”

Rogers avisó desde el interior de su mente que se trataba de un error, que aún estaba vivo. Dijo que debió sacarse el pulsómetro un momento, pero que se sentía bien.

“Una alegría que se encuentre bien, señor Rogers. Aprovecho este comunicado para felicitarlo de nuevo por haber bajado treinta kilogramos esta semana”

– “Bajado” – dijo con un suspiro –. Odio esa maldita palabra; esa no es la palabra correcta.

Rogers miró de nuevo su reflejo en el espejo que tenía enfrente. No habría podido siquiera decir a qué se parecía, pero se sintió como un compuesto de todo lo que es impuro, indeseado, anormal y detestable. Se vio a sí mismo como una fantasmagórica sombra de podredumbre, decrepitud y desolación; la viscosa imagen de lo dañino; la atroz desnudez de algo que la tierra misericordiosa debió haber ocultado por siempre jamás. Frente a sus ojos llenos de lágrimas estaba cicatrizando el muñón que le había quedado tras la amputación de su pierna izquierda; los médicos no habían podido salvarla, no después de tantos años de inactividad. Luego se miró la pierna derecha; estaba morada y llena de laceraciones, y pensó que no le faltaba mucho para perder otros treinta kilogramos.






jueves, 2 de marzo de 2017

LA CIUDAD QUE PERDIÓ SU NOMBRE




Llovía cada vez con más fuerza y apenas podía mantener los ojos sobre la ruta. Había conducido durante más de diez horas. Calculé que faltaban otras cinco para el siguiente poblado, pero entonces llegué a una ciudad que no conocía.

En la entrada solo se leía “Bienvenidos a”; la parte inferior del cartel estaba corroída por el óxido y era indescifrable. Entré a buscar hospedaje para pasar allí la noche y encontré un lúgubre escenario de calles desérticas; no había luces, no se oían ruidos, y los vehículos estacionados daban la sensación de llevar años descompuestos. De pronto hallé la señal luminosa de un hotel.

En la recepción me atendió una anciana con los ojos blancos; completamente ciega. Busqué a mi alrededor algo que me indicara en dónde me encontraba, pero no pude hallar diarios ni revistas. Estuve a punto de preguntarle a la recepcionista, cuando sonrió mostrando unos escasos dientes, dándome la sensación de que era mejor no decirle que estaba perdido.

Me sorprendieron los precios del hotel, demasiado altos para el mal estado en que se encontraba, y me parecieron aún más altos cuando la anciana dijo unas aclaraciones:

– Debe pagar en efectivo y por adelantado. La casa no se responsabiliza por los objetos perdidos. La caldera se rompió, por lo que no hay agua caliente. El baño está al fondo del pasillo. El agua de aquí no es potable y tampoco vendemos bebidas.

Le di el dinero y fui en busca de mi dormitorio. Subí las escaleras y caminé por un pasillo angosto con mala iluminación. Todo el hotel estaba en silencio; los huéspedes estarían durmiendo, o bien yo era el único allí.

Llegué a mi habitación; era pequeña, y los muebles parecían ser de otro siglo. Al levantar la frazada vi que el colchón estaba lleno de humedad, así que lo volví a cubrir.

A medianoche seguía mirando al techo sin poder dormir. Estaba empapado en sudor, y sentía una toxicidad en el aire que me dificultaba la respiración. En un momento las manchas en el techo y las paredes comenzaron a dibujar hórridas figuras, que giraron en una espiral hipnótica formaron rostros suplicantes. Luego todo convergió en la roseta del centro, y una explosión me hizo sentir que me había quedado dormido con los ojos abiertos.

El techo de la habitación se convirtió en cielo. Todo a mi alrededor fue cielo y tierra, y la tierra estaba vacía. Me convertí en molécula y caí en un caldo primitivo. Había perdido mis sentidos, ni siquiera me sentía respirar. Me acoplé a otras moléculas y entonces sí comencé a sentir.

Me dividí y ya no estuve solo. Continuamos dividiéndonos, llenando ríos; nos complejizamos, llenando mares.

Fui planta, fui animal. Comencé a reptar por la costa mientras mis aletas se transformaban en garras, y continué caminando hasta volverme mamífero y ave.

Descubrí el fuego y entonces fui hombre. Al principio no quise pensar que yo mismo me había creado y me proclamé hijo de un ser divino. Mirando atrás vi que estaba hecho de los mismos materiales que los demás seres vivos, y que respirábamos un mismo aire. Las plantas fueron conscientes de ellos mucho antes, y sus raíces crecieron y sus ramas florecieron, formando incontables conexiones. Me sentí parte de aquella conciencia colectiva y de pronto las palmas de mis manos se volvieron permeables.

Con solo estrechar la mano de otras personas pude intercambiar líquidos y alimentos. Luego intercambiamos sentimientos e, incluso, material genético.

Junto con todos los seres de la Tierra nos convertimos en un único ser viviente, que contempló al Sol y creyó estar solo durante siglos. Un día supo que otros planetas también estaban vivos, y se comunicó con ellos mediante redes fuera de los sentidos humanos. Las redes se intensificaron hasta hacerse continuas, hasta que todos los planetas de la galaxia se fusionaron.

Lo mismo sucedió con las demás galaxias, y esas criaturas galácticas se comunicaron entre ellas, creando planetas, apagando estrellas. Luego se acercaron unas a otras hasta formar una criatura gigantesca, que cubrió los confines del cosmos.

Ser y universo fueron uno; Dios había nacido.

El techo volvió cerrarse sobre mí y me di cuenta de que ya había amanecido. Bajé a la recepción y no vi a la anciana ciega, en su lugar había una mujer joven. Muy bella, por cierto.

Al salir a la vereda me encontré con un día soleado. Las calles estaban repletas de gente, sobre todo de niños. Continué mi viaje y decidí no buscar jamás el sitio en un mapa pues tengo la sensación de que jamás lo encontraré.

Quizás aquello fue un sueño, o lo fue el viaje entero. Quizás llevo años soñado que no estoy muerto. Prefiero creer que me quedé despierto en aquel hotel, y vi a Dios nacer, la noche que visité la ciudad que perdió su nombre.






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viernes, 17 de febrero de 2017

EN LA PIEL DE EVA





Te contaré la historia de mi suicidio. Pero no te sientas mal por ello; mi vida no tenía sentido. Todo lo que hacía lo hacía por mi hermana, y fue por ella que debí morir.

Eva y yo éramos mellizos, y a pesar de ser de distinto sexo parecíamos idénticos. Sucede que yo nací con físico pequeño, y mis manos y mis pies siempre fueron femeninos. La gente me confundía con ella cuando hablaba por teléfono, y hasta las niñas me llamaban amanerado.

Jamás me preocupó ser rechazado por las mujeres, pues nunca me interesaron; mi relación con Eva era todo lo que necesitaba. A veces creo que, en el vientre materno, una parte de mi corazón creció dentro de ella.

Nuestros padres fallecieron en un accidente automovilístico cuando éramos niños, y fuimos entonces a vivir con nuestra tía Marta. Ella era profesora de piano y una amante del teatro, y nos envió a Eva y a mí a estudiar danza, actuación y canto.

En la escuela me sentaba junto a mi hermana, y pasábamos el día como si no existiera nadie más en el mundo. En realidad, ella intentaba hacer amistades, pero yo no toleraba que otros se interpusieran en nuestra relación; deseaba que Eva y yo fuésemos uno.

Por las tardes, nuestra tía nos hacía cantar mientras ella tocaba el piano. En dichas ocasiones, Eva era la artista principal, dejándome a mí la parte de los coros. El talento de mi hermana también fue celebrado desde el principio en la academia, donde protagonizó varias obras mientras yo solo obtenía algunos papeles secundarios. Nadie me dijo el motivo de que yo no fuese elegido para interpretar roles más importantes, pero asumí que fue mi falta de virilidad.

Así, fui forzado a caminar por el sendero oscuro de la vida; amando a mi hermana, pero odiando a una sociedad que no me veía, opacado por la luz de su estrellato.

Pronto decidí abandonar la actuación y dedicarme de lleno a ser el asistente personal de mi hermana. A todos lados donde ella iba, yo la acompañaba. Íbamos juntos a cada clase que tomaba, a la peluquería y hasta a la depiladora. Mientras Eva hacía sus cosas, yo admiraba su gracia, observándola desde un rincón, silencioso como un mimo.

Nuestra relación se intensificó más aún cuando la tía Marta falleció. Era el único familiar cercano que teníamos, y nos quedamos, a los diecinueve años, viviendo solos en su departamento. Por suerte Eva tenía bastante trabajo como actriz en obras de teatro, lo que nos permitió llevar una vida moderada, pero sin carencias.

Muchos comenzaron a considerarla una estrella del teatro independiente; y yo tuve el privilegio de verla desde atrás del telón. Desde allí pude ver sus encantos como nadie lo hizo, desde allí aprendí los diálogos de todos los personajes que interpretó, moviendo los labios a la par de los suyos.

Me hice cargo de su ropa, de la comida y de todos sus caprichos, pero mi tarea más importante era alejarla de las distracciones, es decir: de los hombres. La labor fue imposible; a mi hermana la deseaban todos los jóvenes de la academia, y un día comenzó a salir con un bailarín clásico llamado Víctor.

Eva admiraba sus brazos musculosos y el ancho de sus hombros, y por cada virtud que ella nombraba, yo le encontraba mil defectos. Llegó un punto en el que mi desprecio hacia él fue demasiado obvio y mis críticas perdieron sentido para ella. Mientras tanto, la sonrisa soberbia de Víctor me decía las cosas que haría con mi hermana, cosas que yo no quería ni imaginar.

Debí entonces idear un plan para deshacerme de él antes de que el amorío se volviera serio. Compré un lápiz labial rojo merlot –un color que mi hermana no se atrevía a usar a pesar de mis consejos –, y me pinté con él varias veces para que se viera usado. Cuando fui a limpiarme, vi mi reflejo y comencé a mover los labios haciendo diferentes gestos, quedando aún más convencido de que aquel sería el color ideal para los labios de Eva. Por la tarde, durante una clase de danza a la que asistía Víctor, fui al vestidor a tomar las llaves de su auto y puse el labial bajo el asiento del acompañante; la escena del crimen estaba lista.

– Eva, mi amor – le dije esa noche –; debo decirte algo terrible.

Mi hermana me miró con sus hermosos ojos bien abiertos:

– Acabo de ver a Víctor besándose con otra – le dije.

– ¿De verdad? ¿Con quién?

– No pude ver quién era ella; estaban en su auto. Es una lástima; justo cuando empezaba a agradarme… Podrías revisar en los asientos; los hombres no suelen ser buenos ocultando sus infidelidades.

Al día siguiente, sin decirle nada a Víctor, Eva revisó su automóvil. Más tarde llegó llorando al departamento y me contó que lo había dejado.

Su teléfono se oía sonar una y otra vez en la cartera hasta que por fin atendió, pero yo se lo saqué de la mano:

– No lo atiendas, Eva – dije mientras cortaba la comunicación –. Ve a acostarte; yo te prepararé un té. Háblale mañana, cuando estés más tranquila.

Al día siguiente Víctor la esperó sobre las escaleras de la entrada de la academia:

– ¡Te juro que no sé de dónde salió ese lápiz labial! – dijo él –. Tal vez sea de mi hermana o de mi prima; a lo mejor estuvo allí por años.

Me puse entre medio de él y de Eva para hablarles con voz calmada:

– Está por empezar la clase. Hablen a la salida.

Eva subió las escaleras y yo me retrasé un poco para decirle algo a Víctor en el oído:

– Si vuelves a acercarte a mi hermana te romperé la cara, ¿me oíste, bailarín maricón?

Con mi voz afeminada, aquel insulto le causaría gracia o lo haría darme una golpiza. Ocurrió lo segundo; tal y como yo quería. Terminé en el hospital y mi hermana no volvió a hablar con él.

Las heridas no fueron de gravedad, y pronto me recuperé, pero lo más importante fue que, tras aquel incidente, Eva y yo volvimos a ser uno.

Mi hermana se volvió más bella y mejor artista, y yo continué acompañándola a todas partes. No importaba cuántos la admirasen, yo seguía teniendo mi sitio preferencial al costado del escenario. Todo fue maravilloso hasta que unos meses después volvió a sucumbir a los placeres carnales, aquella vez por culpa de un actor llamado Rodrigo.

– Me encanta – dijo Eva un día –. Jamás conocí a otro hombre como él. Creo que estoy enamorada.

Intenté decir algo, pero había perdido la voz. Esas palabras me habían retorcido las entrañas, y el sufrimiento se acumuló en mi pecho hasta formar un nudo de dolor que me apretó la garganta, permitiéndome tan solo brotar lágrimas de odio.

Busqué defectos en Rodrigo, pero parecía ser perfecto. Su sonrisa compradora, sus ojos de niño bueno…; ya casi podía verme acompañando a mi hermana al altar llevando los anillos en el saco. Intenté no ponerme en su contra, pero llegó un momento en el que no pude soportarlo y le dije que su novio no me agradaba:

– Rodrigo no es como Víctor – dijo ella –. Es tierno y romántico. Creo que estás celoso. De hecho, hay algo de lo que hablé con él y que tú debes saber. Me dijo que es extraño el modo en que me sobreproteges y creo que tiene razón. Quizás debamos alejarnos un poco.

No pude creer lo que estaba oyendo. Yo la cuidaba más que a mí mismo, y aquello que él consideraba sobreprotección era una muestra del amor que yo sentía por ella. Ningún hombre la amaría como yo, no había nadie con quien pudiera forjar el vínculo que teníamos. Nuestra unión era tan fuerte que daba la sensación de que, en el vientre materno, una parte de mi corazón había crecido dentro de ella.

Las horas que pasaba sin mi hermana se hacían eternas. Nada era gracioso sin su risa, e incluso el aire sin su aroma me parecía tóxico. No podía seguir viviendo sin ella a mi lado todo el tiempo, pero tampoco podía acercarme demasiado y amenazar su independencia. Eva y su novio me habían condenado a transitar una línea muy estrecha en la que no me sentía nada cómodo, y no tuve otra opción más que deshacerme del sujeto.

Comencé a estudiar sus movimientos, y supe que los jueves tomaba una clase de canto en la que era el único hombre; entonces ideé un nuevo plan.

Compré una peluca de cabello lacio color castaño claro, igual al cabello de Eva, y tomé uno de sus vestidos y un par de zapatos. En la academia le escribí una nota a Rodrigo que decía que lo esperaría en el escenario para cumplir una fantasía sexual, y la pegué en la puerta del vestidor de caballeros. Mi hermana y yo teníamos la misma letra, y mi imitación de su firma habría sido un desafío para el mejor perito calígrafo.

Esperé a Rodrigo en el puente de los reflectores, arriba del escenario del anfiteatro. Me oculté entre las sombras, aunque a la luz tampoco le habría sido fácil reconocerme. Esperé a que él apareciera y entonces lo llamé:

– Rodrigo, mi amor. Estoy aquí arriba.

– ¿Qué haces ahí arriba? – preguntó él –. Es peligroso.

– No seas tonto – dije –. Ven, tengo algo para ti.

Para aumentar su deseo dejé caer uno de los zapatos como una damisela en apuros. Rodrigo lo tomó y subió las escaleras de más de cinco metros de altura. Yo me había asegurado de ponerme frente a un tramo en el que no había baranda, y le pedí que se acercara a mí. Me alcanzó el zapato y, al tomarlo, lo volví a dejar caer. Él miró hacia abajo y yo aproveché la distracción para empujarlo.

Rodrigo cayó al escenario de espaldas, rompiéndose la columna para morir creyendo que su novia lo había asesinado.

A la mañana siguiente vimos la noticia por televisión, y ejecuté tan bien el papel de muchachito horrorizado que Eva y yo terminamos abrazados, llorando como si ambos hubiésemos sufrido la tragedia por igual.

Mi hermana va no volvió a ser la misma tras la muerte de Rodrigo; había perdido la alegría que la caracterizaba y ya casi no salía de su habitación. Lo bueno fue que me facilitó la tarea de alejarla de las distracciones, aunque a veces insistía en hacer algunas cosas por sí sola.

Una noche salió con una amiga –o al menos eso fue lo que me dijo–, y volvió muy tarde al departamento. Había llovido y, por no seguir mi consejo de llevar un paraguas, regresó empapada y temblando de frío. A la mañana siguiente despertó con un fuerte resfriado:

– Me siento mal – dijo desde la cama –; hoy no podré actuar.

Su aspecto era terrible y, gracias al vínculo que nos unía, supe que tenía fiebre sin necesidad de apoyarle la mano en la frente.

– Eva, mi amor; te ves muy mal. Pero no puedes faltar a la obra de esta noche; te prepararé un té y esperemos que más tarde te sientas mejor.

– Que vaya mi reemplazo – dijo ella –. De todos modos, no me interesa esa obra.

No podía permitir que faltara, era inaceptable que privara al mundo de su belleza y de su talento.

– ¡Esto pasa porque anoche saliste! – le dije –. No deberías salir antes de una función, y además fuiste sin paraguas a pesar de que estaba a punto de llover. Te estás volviendo muy irresponsable.

– ¡Déjame en paz! – dijo ella –. Eres peor que la tía Marta. Pareces una vieja amargada. Llama y di que no iré; no es para tomárselo tan en serio.

Pero era en serio. Muchos actores habrían dado cualquier cosa por tener un papel tan importante como el suyo; sobre todo yo.

Tomé el teléfono para avisar de su ausencia, pero corté apenas me atendieron; se me había ocurrido una idea mejor. Yo sabía de memoria todos los diálogos del personaje, y nadie en el mundo podría haber sido un mejor reemplazo para mi hermana.

Por la tarde, mientras ella dormía, busqué el traje para interpretar el rol más importante de mi vida. Ya me había disfrazado de Eva cuando asesiné a Rodrigo, pero aquella sería la primera vez me pondría de verdad bajo su piel.

Fui al living a sentarme frente al viejo tocador francés que mi hermana heredó de la tía Marta. Fue maravilloso mirarme en aquel espejo de frente, y no como una parte del decorado mientras la observaba maquillarse.

Me puse un sostén rellenándolo con dos pañuelos, imitando el delicado busto de Eva. Luego me puse su ropa interior, pues ella usaría unas calzas ajustadas para el rol de esa velada, y no podía arriesgarme a que se notaran costuras extrañas de un bóxer.

Se lo que estás pensando: “¿Cómo hizo para que no se le notaran los genitales?” Sucede que mis órganos sexuales no se desarrollaron mucho cuando alcancé la pubertad. Pero no te sientas mal; jamás tuve intenciones de hacer uso de ellos.

Me maquillé como si lo hubiese hecho cientos de veces, y aproveché para pintarme con el lápiz labial rojo merlot que mi hermana nunca usaba. Al final, escogí el calzado. Sus zapatos tenían un aroma que me hizo detenerme a olerlos antes de usarlos. Me los puse despacio, deslizando los dedos en su interior para sentirme acariciado por el cuero.

Mi actuación fue impecable, no solo en el escenario sino también fuera de él, y nadie tuvo la más mínima sospecha.

A la mañana siguiente mi hermana me despertó; la rabia que sentía le dio fuerzas para levantarse aun con fiebre:

– Me acaban de llamar para felicitarme por la actuación de ayer. Revisé mi ropa y me di cuenta de que estuviste tocando mis cosas. Te hiciste pasar por mí, ¿verdad? ¡Eres un enfermo! ¡Necesitas ayuda profesional!

El escenario de cartón en el que yo vivía se derrumbó. Las sombras bajo los pies de Eva se disiparon, dejándome a merced de la luz de mi habitación que me quemaba las retinas.

– Es cierto – dije –, todo lo que dijiste es cierto.

Me levanté y fui a la cocina mientras mi hermana continuaba gritando. Una vez allí, abrí el cajón de los cubiertos:

– Te amo, Eva; pero para ti no soy más que un monstruo social que vive bajo tu estrellato. Está claro que, para que brilles, yo debo morir.

Tomé un cuchillo del cajón y mi hermana corrió hacia mí:

– ¡No lo hagas! – gritó, pero el cuchillo no era para clavármelo a mí, sino a ella, y cuando me sujetó del brazo la apuñalé con todas mis fuerzas.

Cayó al suelo con la hoja enterrada en el estómago, haciendo un lastimoso esfuerzo por respirar. Entonces me agaché para sostenerla y mirarla por última vez mientras le brotaba sangre de la boca:

– Eva, mi amor; por favor no te sientas mal. Te amo más que a mí mismo; créeme que esta es la única solución. Vivirás por siempre bajo mi piel; te prometo que seré una mejor Eva.

Intentó decir algo, pero había perdido la voz. Vi entonces cómo sus hermosos ojos se apagaban mientras yo le acariciaba el cabello:

– Sabes, Eva; a veces creo que, en el vientre materno, una parte de tu corazón creció dentro de mí.

A partir de ese momento dejé de interpretar a mi antiguo yo. Nadie extrañó a ese muchachito introvertido y dependiente de su hermana, y a los pocos que preguntaron por él les dije que se había ido a vivir a otra ciudad. Con el tiempo fue como si él jamás hubiese existido.

Hoy Eva no necesita del cuidado de nadie y no se distrae con los hombres; la gente dice que está actuando mejor que nunca, y trabaja en obras cada vez más importantes. Todo es perfecto desde que Eva no tiene un hermano, todo es maravilloso desde que Eva y yo somos uno. 






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